DIARIO DE UNA DOMINGUERA

Un transistor en la Plaza de La Reina.

Acudí puntualmente a la cita. A las19h en La Plaza de la Reina esquina con San Vicente, con un transistor. Iba acompañada de un canadiense desconocido con aspecto de esquimal al que había aceptado alojar en mi casa dejándome llevar por la llamada de un miembro del grupo de acción con el que, no sé muy bien cómo, me había comprometido.

Partiendo del encuentro azaroso de una cinta de relajación que incluía técnicas de visualización en el radio cassette que llevaba, cinta que no había escuchado antes porque me la acababan de pasar y la había dejado allí en espera de mejor ocasión, me encontré con la posibilidad de explorar ese acto íntimo que consiste en la práctica de ciertos ejercicios con la intención de lograr un descanso más profundo, en un mundo en el que nos sentimos agredidos por un estrés permanente, en medio de la rúe. Así que saqué del maletero mi esterilla de yoga, la desenrollé, me estiré sobre la acera, me tapé con una manta, puse el cassette  en marcha y cerré los ojos como es costumbre hacer en estos casos.

Alrededor, sentía la gente pasar, el tráfago de autos y bocinas, pedos de moto, cháchara y música..

Poco a poco fui entrando en un estado de conciencia alterada en el que sólo escuchaba la voz que me guiaba por un paisaje imaginario dejando en suspenso los sonidos del mundo.

La prueba fue particularmente intensa, entre otras cosas, porque se puso a llover justo en el momento en que aquella voz me invitaba a entrar en unas termas situadas en el interior de una gran pirámide de cristal, en medio de un frondoso bosque, junto a un lago y dejar que el agua me librara de mis neuras.

La lluvia arreció, de pronto, y caía sobre mí como si de verdad estuviera duchándome antes de entrar en la balsa de aguas curativas.

Sentí una punzada de angustia, dudé, abrí un ojo, vi un par de policías mosqueados, los colegas a la suya, como un batallón de locos llegados de no se sabía dónde, cada cual  el gentío asombrado resguardándose del aguacero apegado a las paredes del callejón …

Cerré el ojo, sentí el agua de lluvia masajeándome y me zambullí en las cálidas y burbujeantes aguas del misterioso balneario, mientras alguien se inclinaba sobre mí gritando:

-¡Señora, señora! ¿Le pasa algo?

Experimenté cosas que guardo para mi, porque de lo que no se puede hablar mejor es callarse.

De lo que experimentó el personal me queda el relato de Jose, Fuen, Ramón…

-¡Esto habría que prohibirlo! –decía una señora envuelta en pieles.

-Seguro que es un experimento sobre el comportamiento humano… –un joven madurito.

-Será para Arroz y Tartana –un señor a otro.

-Creía que lo había visto todo pero me parece que aún me queda mucho por ver… –una señora sonriendo bajo un paraguas.

Ya en casa, cayó un libro de un estante y me golpeó la cabeza. De él extraigo esta cita:

“…no puede haber un modo natural de considerar el cuerpo que no implique a la vez una dimensión social. El interés por las aperturas del cuerpo dependerá de la preocupación por las salidas y entradas sociales, las rutas de escape e invasión. Donde no exista una preocupación por preservar los límites sociales no surgirá tampoco la preocupación por mantener los límites corporales. La relación de los pies con la cabeza, el cerebro con los órganos sexuales, la boca con el ano, expresa los esquemas básicos de la jerarquía. En consecuencia, adelanto la hipótesis de que el control corporal constituye una expresión del control social y que el abandono corporal en el ritual responde a las exigencias de la experiencia social que se expresa. (…) Y, finalmente, ese impulso hacia la búsqueda de una relación armoniosa entre la experiencia de lo físico y lo social debe afectar a la ideología.”

El golpe me hizo perder la memoria temporalmente y no recuerdo el título ni el autor ni donde coloqué el libro. Así que, gracias y lamento el olvido.

En cuanto a las demás acciones o a las acciones de los demás y a mis enredos con ellas me quedó un regusto de kinismo, sugerido por el comentario de una señora ante la acción de Diego en ese momento:

-¡Pero qué hace ese arrastrándose como un perro con un transistor en la boca!

¡El bueno de Diógenes! Se reavivó en mí el deseo de leer a los antiguos cínicos…

El domingo próximo tenemos otra cita.

Nigella.

Anuncios

Acerca de Isasa

...una costra de piojo aferrada a la corteza de esta tierra mientras cae en lo sin fin.
Esta entrada fue publicada en LETRAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s