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¿La ves allí sentada, a la orilla de la playa, las olitas subiéndosele por los tiernos muslos, el cubo y la pala, los moldes de hacer estrellas o caballitos de mar? Mírala como se levanta al oír vocear a lo lejos a aquella mujer, otra y la misma, que vestida de negro, con delantal blanco y cofia de puntillas, sostiene en el brazo un cesto de mimbre lleno de bolsas de papel satinado de vivos colores vendiéndolas al grito de: ¡Papera, paaaaaaapas! Pues es la misma y otro que mucho antes, allá por los años treinta de este siglo, que le dicen, hacía de gerente en “El Español”, cine que abría sus puertas en Tetuán, para entretener con su máquina de sueños a los comerciantes de paños de seda, los curtidores de pieles de cabra, los cacharreros del cobre, los tejedores de asientos de enea, y el en fin, el sin número de artesanos desparramados por las estrechas, blancas callejas de atrás de la Puerta de Tanger; pero también, y por qué no, otro y la misma que segaba romero, aquel mes de agosto en compañía de las chicharras, envuelta en olor de resina de pino, bajo un sol de justicia, mientras se calentaba el caldero en el río, para extraer de las plantas la esencia y luego llevarla al mercado donde otro y la misma, teléfono en mano, cierra negocio milmillonario en la bolsa, mientras aquél, otro y el mismo, baja los siete pisos de la mina y recorre la galería, mal apuntalada, en su noche sin fin, para ver de arañarle a la tierra el negro carbón que mueve la locomotora del progreso…

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