CASANDRA

12.2.11

DE HOMBRES, TIRANOS Y MUJERES

Lo de Túnez y Egipto es tan emocionante que me ha sacudido la pereza de seguir escribiendo en este blog. Es como ver pasar la historia por delante de tus narices. No sé si alguna generación habrá vivido tantos acontecimientos significativos de cambio. Sin embargo, creo que todo: la llegada a la luna, la muerte de Kennedy, la guerra de Vietnam,la eclosión de los movimientos pacifistas, feministas y hippies, la caída del muro de Berlín, el ataque a las torres gemelas y ahora la liberación en cadena del Magreb… no son más que dolores de parto del alumbramiento de un nuevo paradigma mucho más profundo que no acaba de nacer. Luego vendrán Cuba, Irán, Palestina…. ¡quién sabe cuantos países dominados! ¿Por qué no Europa? Creo que los levantamientos darán paso a otro modo de entender la política y la democracia más allá de la ‘representación’ por parte de la clase política, que ya vemos que no representan más que oscuros intereses o simplemente sus particulares deseos de riqueza, comodidad, boato, egolatría y esas miserias (humanas, desde luego). Tenemos que imponer mecanismos para que esto no pueda sueder y se dediquen a la política personas de mayor calidad humana y más altos intereses.

Bueno, a lo que iba. Todos estos días he estado escrutando la televisión por ver si en estas manifestaciones multitudinarias había mujeres. Si, claro que había, pero en muchos casos separadas de los hombres y siempre en mucha menor cantidad. El tema es que los hombres han conseguido liberarse de los tiranos políticos, y ahora las mujeres tendrían que liberarse de sus tiranos particulares, porque muchos, muchísimos de estos hombres que han salido a la calle son igual de tiranos que Ben Alí o Mubarak con sus mujeres, sus hijas, sus hermanas, sus compañeras….Pero esta dominación es tan inconsciente que pasa como algo ‘natural’. Vamos a asistir a un tiempo emocionante de revoluciones, pero la RE-EVOLUCIÓN no tendrá lugar hasta que las mujeres no tomemos conciencia de nuestra situación y avancemos con total decisión para crear ese nuevo paradigma. Yo creo que esto tiene que suceder, de lo contrario el mundo seguirá igual a pesar de los cambios.

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Presentimiento

Hijas de la luna llena.

@nigella - Hijas de la luna llena

 

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La infancia del Universo

Big bang

Big Bang

¡Polvo eres y en polvo te convertirás!

-Y al volver la vista atrás, se ve el polvo que no se ha de volver a probar… ¿Qué hay de nuevo, Rosa?

-De nuevo, nada, por desgracia, Concha. Que le han dado el premio Nobel de Física a dos estadounidenses por su mirada hacia la infancia del Universo y sus intentos por entender el origen de las galaxias y las estrellas.

-¿Y?

-Pues eso, que nos venden como nuevo lo que es más viejo que la tos.

-¿Qué quieres decir, Rosa?

-Que pretenden que nos creamos que por experimentos se pueden confirmar las Teorías. La del Big Bang, en este caso. Que parece que han identificado unas arrugas en la radiación de fondo que inunda el Universo en forma de microondas, que constituyen una reliquia de la explosión que dio origen a las estrellas y galaxias

-¡Caramba, y yo gastándome una fortuna en cremas y ungüentos para disimular las mías cuando, a lo mejor, esas arrugas están ahí para algo que ni se sabe!

-Eso, que no se sabe, Concha. Que pretenden haber viajado en el tiempo y haber echado una mirada a cómo era el Universo primitivo hace 13.000 millones de años. Pues, ¡no dicen que se creó el Tiempo y el Espacio! Tanto premio y no se han enterado que no sabe el Tiempo que los hombres lo cuentan. Por no ponernos a hablar del Espacio… y lo relativo que es todo.

-No me extraña que le hayan encontrado arrugas al Universo ese, con la edad que tiene, Rosa. ¡Tú dirás!

-Yo digo que son un atajo de gilipollas, de sumisos al Poder, del dinero, claro, porque les han endilgado un premio de más de un millón de euros. ¡Y los miles de millones que se habrán gastado  para nada!

-Para nada, no, Rosa. Que luego de todas esas investigaciones se promueve la producción de electrodomésticos, técnicas de desplazamiento a alta velocidad…

-Como si la velocidad no fuera toda alta, Concha!

-…robots…

-¡Un robo! Eso es lo que es!

-Mira, Rosa, a mi no me parece que sea para tanto. Necesitamos comprender de dónde venimos nosotros y nuestro universo.

-¡Y a dónde vamos! Que con todo esto lo que hacen es ensuciar la tierra y el cielo, matar la curiosidad de la gente y engordar la barriga del Capital y el Estado.

-¡Ya estamos, niña! Contigo no se puede discutir que siempre vas a dar a lo mismo.

-Es que no hay más. Cualquier niño que no hayan ya matado de raíz, lo sabe.

-¿Qué es lo que sabe?

-Que lo que importa, de verdad, no son las respuestas sino no parar de hacer preguntas. Como aquél que, una mañana, venía de mi mano paseando junto al mar y apuntando con el índice de la mano que le quedaba suelta…

-¿La izquierda?

-Esa misma. Apuntando, digo, al agua, preguntaba: ¿Dónde está el tapón?

-¿Qué tapón?

-Eso me pregunté yo, también, antes de caer en la cuenta de que en su imaginación el mar era como la bañera de su casa y le estaba buscando el desagüe…

-¡Qué poético! –Rosa.

-¡El Nobel se lo daba yo a ese niño, Concha! O no, que entonces estábamos en las mismas. ¡No más premios ni castigos!

-¡Rosa!…

-A ver, quién te dice a ti que el Universo ese del que hablan no es un poema… Y, ¡vete tú a averiguar la infancia de un poema!

-Como no sea con otro poema, Rosa… Que empiezo a ver la luz.

-Pero no esa que pretenden haber arrojado sobre la infancia, la del Universo o la de cualquier niño, supongo, Concha.

-No, Rosa. La luz en la oscuridad de las mentiras que nos venden. No, si te tendré que dar la razón…

-La razón no es mía ni tuya, es común y de cualquiera que no se deja engañar.

-Entonces, tanto despilfarro en satélites y trabajadores de la NASA…

-¡Basura! Inversiones del Capital y el Estado para defender de dudas, siempre reflorecientes, la Fe en la Realidad, lo mismo que hacía la Teología

-O sea, que de Nobel, nada.

-Nada, Concha. Las mentiras de siempre.

-Te dejo, Rosa, que me va a explotar la olla y lo mismo se forma otro universo con el potaje.

-Chau, Concha. Ya te llamo, en otro momento que me sobre.

nigella.

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El señor de las rosas

Las rosas rojas han florecido
los ruiseñores están del todo ebrios.
Por doquier, el clamor y el grito del éxtasis:
¡Oh sufí, devoto del Eterno Ahora!

¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando? Cada vez que paso por delante del Jardín del Moro, mi sombra tira de mí con fuerza aparente. Nadie lo nota más que yo. Quiere colarse por un agujero negro que hay en el muro.

Hoy, al volver del trabajo, un hombre con chilaba azul persa estaba abriendo el portón de entrada. Me he acercado a él y mientras me presentaba, mi sombra se escurría por el hueco proyectándose en el interior del jardín.

Pronto me olvidé de ella atenta como estaba a las palabras de Daray. Así se llamaba aquél hombre de pelo canoso y mirada inquisitiva, de un azul de cielo claro, difícil de evitar, que me invitó a entrar. Era extremadamente amable, pero de gesto ascético y serio. Un camino de ladrillos cocidos dispuestos formando una espiga se adentraba, entres setos de murta, en dirección a un pequeño pabellón de paredes pintadas de almagro y blanco y entechado con tejas árabes. En el interior de los setos, las rosas componían juntas un mundo propio.

Me gustaban las rosas y había visitado otras rosaledas, pero ninguna como ésta, tan cerca, tan lejos. Más de un millar de rosales con algunas de las rosas más raras del mundo crecían, en plena floración, hermosas y sanas. Entramos a lo que supuse era el estudio de Daray, un habitáculo pequeño en cuyas paredes colgaban, clavados con alfileres, cientos de poemas escritos en árabe junto con flores secas y plantas aromáticas. Sobre una antigua mesa de estudio de madera de cerezo un diario con dibujos de pájaros iluminados con lápices de colores.

Daray preparó té con hierbabuena que él mismo tomó del jardín y sacó de una alacena unos dulces de frutos secos, miel y agua de rosas.

-Hace treinta años escapé de mi país, Irán. Trabajaba como profesor cuando me detuvieron. La revuelta estaba en la calle. Pasé siete meses recluido antes de poder ver a mi familia. Me torturaron en repetidas ocasiones, me azotaron y confinaron en una habitación helada mientras los guardas jugaban al fútbol con mi cuerpo, rodeándome y golpeándome con palos. Fue poco antes de la llamada Revolución Islámica que derrocó al Sha Reza Pahlevi.

Tras su exilio, el ayatolá Jomeini prometió que todos los iraníes serían libres. Sin embargo, pasados treinta años, las ejecuciones continúan. Hace sólo un mes ocho hombres murieron colgados y Sakineh M. Ashtianí  está, en este momento, pendiente de lapidación acusada de adulterio. Aunque es viuda no puede abrazar a ningún hombre. El grito de  sus hijos Farideh y Sajad “por favor salvad a nuestra madre” recorre el mundo como un fantasma.

Me ofreció té en un pequeño vaso de cristal y me enseño cómo tomarlo para no quemarme: el dedo pulgar sobre el borde, el índice en la base.

-No tardaron mucho en buscarme de nuevo acusado de moharebeh -enemistad con Dios-.  Pero, esta vez, pude escapar gracias a la ayuda de una periodista española que logró introducirme en la embajada y me consiguió asilo político.

Cuando llegué aquí, establecí contactos con otros exiliados, trabajé y trabajo junto a ellos por la liberación de los presos de mi país. Pero eso no me libraba del sentimiento de desarraigo y destierro. Alquilé este campo a bajo precio, sin saber que estaba declarado terreno no urbanizable, lo que constituyó una gran fortuna. Lo tapié con muro de piedra, desbrocé y mejoré la tierra y comencé a plantar la rosaleda. Irán ha sido llamada la tierra de la rosa y el ruiseñor. En la literatura persa el símbolo de la rosa se refiere a la Estética y el del ruiseñor a la Poética.

Los poetas persas de la tradición sufi, a la que pertenezco, hablan de una Belleza Primordial que se habría desvelado a sí misma en medio del Azar, en tanto que miles de mundos aparecieron como resultado de su teofanía. Un rayo de esta Belleza Eterna hirió a la Rosa, y la Rosa reflejó esta Belleza hacia el Ruiseñor, llenando al afligido pájaro de melodía, frenesí y éxtasis. Cada rosa es una oración por mi pueblo, un pueblo sometido a un sistema que nos prometió el Cielo, pero creó un Infierno en la tierra…

Caía la tarde cuando Daray –“el que posee el bien”-, me acompañó hasta el portón de salida. A medio camino hizo una parada y cortó una rosa rojo pasión.

-Es una nueva variedad a la que aún no he puesto nombre.. Durante estos treinta años, cada nueva variedad de rosa que he logrado cultivar lleva el nombre de un iraní asesinado. ¡Ojalá ésta no tenga que llamarse Shakine Mohammadí Ahstiani


Al salir a la calle me paré junto al agujero negro en el muro. Mi sombra permanecía al otro lado. Se había quedado prendida de aquél rosal sin nombre, unida a la sombra colectiva de la humanidad.

Irena.

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DIARIO DE UNA DOMINGUERA

Acudí puntualmente a la cita. A las19h en La Plaza de la Reina esquina con San Vicente, con un transistor. Iba acompañada de un canadiense desconocido con aspecto de esquimal al que había aceptado alojar en mi casa dejándome llevar por la llamada de un miembro del grupo de acción con el que, no sé muy bien cómo, me había comprometido.

Partiendo del encuentro azaroso de una cinta de relajación que incluía técnicas de visualización en el radio cassette que llevaba, cinta que no había escuchado antes porque me la acababan de pasar y la había dejado allí en espera de mejor ocasión, me encontré con la posibilidad de explorar ese acto íntimo que consiste en la práctica de ciertos ejercicios con la intención de lograr un descanso más profundo, en un mundo en el que nos sentimos agredidos por un estrés permanente, en medio de la rúe. Así que, saqué del maletero mi esterilla de yoga, la desenrollé, me estiré sobre la acera, me tapé con una manta, puse el cassette  en marcha y cerré los ojos como es costumbre hacer en estos casos.

Alrededor, sentía la gente pasar, el tráfago de autos y bocinas, pedos de moto, cháchara y música..

Poco a poco fui entrando en un estado de conciencia alterada en el que sólo escuchaba la voz que me guiaba por un paisaje imaginario dejando en suspenso los sonidos del mundo.

La prueba fue particularmente intensa, entre otras cosas, porque se puso a llover justo en el momento en que aquella voz me invitaba a entrar en unas termas situadas en el interior de una gran pirámide de cristal, en medio de un frondoso bosque, junto a un lago y dejar que el agua me librara de mis neuras.

La lluvia arreció, de pronto, y caía sobre mi como si de verdad estuviera duchándome antes de entrar en la balsa de aguas curativas.

Sentí una punzada de angustia, dudé, abrí un ojo, vi un par de policías mosqueados, los colegas a la suya, como un batallón de locos llegados de no se sabía dónde, cada cual  con un transistor  a la suya, el gentío asombrado resguardándose del aguacero apegado a las paredes del callejón …

Cerré el ojo, sentí el agua de lluvia masajeándome y me zambullí en las cálidas y burbujeantes aguas del misterioso balneario, mientras alguien se inclinaba sobre mí gritando:

-¡Señora, señora! ¿Le pasa algo?

Experimenté cosas que guardo para mí, porque de lo que no se puede hablar mejor es callarse.

De lo que experimentó el personal me queda el relato de Jose, Fuen, Ramón…

-¡Esto habría que prohibirlo! –decía una señora envuelta en pieles.

-Seguro que es un experimento sobre el comportamiento humano… –un joven madurito.

-Será para Arroz y Tartana –un señor a otro.

-Creía que lo había visto todo pero me parece que aún me queda mucho por ver… –una señora sonriendo bajo un paraguas.

Ya en casa, cayó un libro de un estante y me golpeó la cabeza. De él extraigo esta cita:

“…no puede haber un modo natural de considerar el cuerpo que no implique a la vez una dimensión social. El interés por las aperturas del cuerpo dependerá de la preocupación por las salidas y entradas sociales, las rutas de escape e invasión. Donde no exista una preocupación por preservar los límites sociales no surgirá tampoco la preocupación por mantener los límites corporales. La relación de los pies con la cabeza, el cerebro con los órganos sexuales, la boca con el ano, expresa los esquemas básicos de la jerarquía. En consecuencia, adelanto la hipótesis de que el control corporal constituye una expresión del control social y que el abandono corporal en el ritual responde a las exigencias de la experiencia social que se expresa. (…) Y, finalmente, ese impulso hacia la búsqueda de una relación armoniosa entre la experiencia de lo físico y lo social debe afectar a la ideología.”

El golpe me hizo perder la memoria temporalmente y no recuerdo el título ni el autor ni donde coloqué el libro. Así que, gracias y lamento el olvido.

En cuanto a las demás acciones o a las acciones de los demás y a mis enredos con ellas me quedó un regusto de kinismo, sugerido por el comentario de una señora ante la acción de Diego en ese momento:

-¡Pero qué hace ese arrastrándose como un perro con un transistor en la boca!

¡El bueno de Diógenes! Se reavivó en mi el deseo de leer a los antiguos cínicos…

El domingo próximo tenemos otra cita.

STRATOS

Nigella.

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Chimamanda Adichie razona sobre los peligros del pensamiento único:

Y su contraparte: EL Canon Occidental.

style=”font:bold 23px/24px arial, sans-serif;letter-spacing:-.5px;color:#333333;margin:4px 0 0;”>Nostromo 05: Félix de Azúa + Fabio de la Flor
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Para los pájaros

Hay una niña y un pájaro. También una jaula. No, no es una niña, un pájaro y una jaula. Es la niña y el pájaro que median con la jaula. La niña está de pie en un escalón y sujeta la jaula donde se encuentra el pájaro. El escalón es uno más en la escalera que se abre como abanico mientras se alza para dar paso a la planta del edificio principal del Club Social.

Suenan dos disparos seguidos. Dos disparos de escopeta calibre treinta y seis. ¡Pum, Pum!

Yo tengo la misma edad que esa niña, pero no soy pelirroja. Mis rizos son de azabache pulido,

fósiles de resinas arbóreas del jurásico bajo los que me siento protegida. Miro con ojos lechuzos al pájaro, la jaula, la niña que hay en el escalón, junto a mí.

El pájaro se balancea en un columpio. No es vistoso. Su corona gris olivácea tiene bordes marcados por una línea castaña que dibuja el cuello y pequeñas manchas blancas encima del ángulo anterior de los ojos. Ojos que voltea veloces alante, atrás, en giros al par que traza con su pico negros signos en el aire.

Se escuchan tres nombres voceados por un altoparlante.

La niña tiene el rostro cubierto de pecas minúsculas que dibujan constelaciones sobre sus pómulos. Ojos de aguamarina. Toma, de un bolsillo, un trozo de pan, lo mastica bien mientras abre la puerta de la jaula, introduce el índice derecho horizontalmente y el pájaro salta del columpio al dedo. La jaula de maderitas y alambre tosco permanece abierta.

Resuenan dos nuevos disparos, eco de los anteriores. ¡Pum, pum!

El pájaro gira su mentón, garganta y cuello negros como mi pelo, pero de un negro bruto.

La niña lo saca de la jaula, lo ampara con su mano izquierda suavemente y lo acerca a su rostro. La papilla está lista en sus labios mandarina entreabiertos. El pájaro se ve confiado y glotón comiendo de su boca. El dorso y los hombros café ferruginoso rayados de negro, las cobertoras menores color castaño, las medianas negruzcas punteadas de blanco, formando así una banda cana bien visible.

El altoparlante vocea de nuevo tres nombres. Me llaman. La niña me mira.

Me dirijo cabizbaja al foso bajo la tutela de mi padre. Giro el mentón, la garganta, el cuello.

Allí están. Hay una niña gorrión en la escalera. Una mano me agarra del hombro, un cuerpo temido me empuja. Bajo tres escalones, tomo dos cartuchos.

¡Pum, pum!

Por el ventanillo del foso veo la cancha de tiro y más allá el mar, el horizonte, el cielo. La escopeta, del veinticuatro, apropiada a mi edad por su poco retroceso, buena efectividad y facilidad para llevar, abierta y doblada en mi brazo derecho. Me aseguro de cargarla bien y espero mi turno en la cancha. Un pichón malherido se revuelve en el césped mientras dos mozos se acercan corriendo, uno a cargar la caja que quedó vacía, otro a recoger la pieza. Al volver la remata a golpes contra el cemento.

¡Pum, pum!

Otra vez, grita el altoparlante. Esta vez mi nombre suena el primero. ¡Que calle ya!

Salgo a la cancha. Busco mi sitio en el pasillo, el pie derecho ante la banda cana bien visible. Cierro el arma. La cargo contra el hombro. Acomodo la mejilla. Quito el seguro. Al fondo cinco jaulas contienen cinco pichones. Uno de los pichones saldrá lanzado al aire mediante un dispositivo que responde a un mecanismo sonoro. Cincuenta metros más atrás estoy yo, esperando. Alguien coloca un micrófono bajo mi mentón. Apunto a la caja central. Grito: ¡ya!

¡Pum, pum!

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